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Sierra de Santo Domingo.
Mallos de Riglos y de Agüero
Castillo de Loarre

Comiendo en Bolea


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Villalangua - Huesca

9 de julio de 2016

Me despierto muy temprano, me visto y bajo en silencio hasta la calle con mi cámara de fotos. Los primeros rayos de luz empiezan a iluminar las crestas de la sierra de Santo Domingo. Mientras me fumo un cigarrillo, voy disparando la cámara conforme la luz baja sobre el valle. Solo me acompaña un gato gris que duerme plácidamente sobre una tumbona.

Poco antes de las ocho llegan en dos coches los amigos de Huesca que van a hacer la última etapa con nosotros. Saludo a Tere, Juan Carlos, Fernando - los tres que no han podido realizar el viaje con nosotros por problemas de última hora-, Mamen y Antonio. Preparamos todas las bicis como si de la parrilla de salida de una carrera se tratase.

Desayunamos en la posada mientras vemos el encierro de Pamplona. Un suculento almuerzo que nos de fuerzas para acabar la última etapa. Quedamos con César y Tere, recién operada de su clavícula y con el brazo en cabestrillo, en el pueblo de Bolea donde comeremos antes de llegar a Huesca.

Sobre las 8,30, los diez ciclistas salimos de Villalangua para bajar hasta la A-132 y seguir por ella durante algo más de siete kilómetros hasta el pantano de la Peña. El río Asabón nos acompaña a nuestra izquierda hasta que muere en él.

Cruzamos el puente de hierro y, tras pasar un túnel, giramos a la izquierda para atravesar la presa sobre el río Gállego.

El camino corre paralelo a la vía del ferrocarril y al embalse durante unos cuatro kilómetros, mientras tanto, pedaleamos en grupo contando a los visitantes detalles del recorrido que llevamos hecho durante los días anteriores.

Tras pasar la vía del tren por un paso elevado, comenzamos a subir en dirección al estrecho de Escalete. Por el camino adelantamos a un grupo de jinetes a caballo que siguen nuestro mismo camino y a los que adelantamos con precaución, pues los animales, de gran tamaño, nos causan cierto respeto.

Nuestro ritmo es bastante menor que el de los que han venido hoy de refresco y el grupo se separa pronto. La etapa de hoy la hemos hecho mil veces y no tenemos ninguna prisa por llegar, además nuestras piernas están bastante cargadas. No conseguimos del todo que lo entiendan.

Hacemos la parada obligatoria en el estrecho de Escalete. Este paraje me impresiona siempre por mucho que lo conozca. Unas cuantas fotos y seguimos pedaleando en ascenso con el barranco del Forcallo a nuestra izquierda. Pedro y yo sufrimos ante la velocidad que imponen los nuevos y decidimos hacer grupo junto a Chavi para subir a nuestro ritmo.

Reagrupamos en una fuente que hay cerca de casa Pequera y aprovechamos para beber porque el calor comienza a ser intenso.  Ya separados de forma irremisible en varios grupos, ascendemos penosamente por la parte más dura de la subida, un terreno pedregoso y suelto que dificulta el avance. Si no reducimos el ritmo, la etapa de hoy que debe ser de descanso y disfrute, se va a convertir en un suplicio y así lo vamos haciendo saber.

Afortunadamente el tramo duro es bastante corto y el camino hace una amplia curva para remontar mucho más suavemente por el monte La Cotola y llegar hasta el collado de Santo Román, el punto más alto del día de hoy, y que da paso a la cara sur de la sierra. Aquí nos detenemos un rato para reagruparnos y descansar un poco del ritmo impuesto hasta ahora. La mayoría llevamos siete días de pedaleo adaptado a una ruta de días y nos resulta bastante difícil hacer la etapa como si de un solo día se tratase.

Toda esta zona, y parte de la que recorreremos hasta Loarre, se incendió en 2001 y se perdió un espeso pinar por el que pedalear era una delicia. Poco a poco va recuperando algo, pero nuestros ojos aún tardarán muchos años en volverlo a ver igual.

El camino continua llaneando proporcionando unas vistas impresionantes de los Mallos de Riglos, los de Agüero, y del estrecho barranco de la Mota. En menos de dos kilómetros llegamos al desvío del Mirador de los Buitres. Como vamos bien de tiempo y alguno no lo conoce, decidimos remontar hasta él. Es poco menos de un kilómetro y medio, pero en subida casi todo el tiempo.

Las vistas desde el Mirador de los Buitres son espectaculares, ya que se sitúa a una altura mayor que los mallos y permite ver los nidos de las aves rapaces que anidan en sus paredes verticales. Abajo, como miniaturas, aparecen los pueblos de Riglos y Murillo de Gállego, con Agüero al fondo. Si tenemos suerte y disfrutamos de un día despejado, algunas de las aves que nos podemos encontrar son el buitre leonado, el quebrantahuesos, el alimoche, el milano real o la chova piquirroja.

Después de hacernos unas fotografías volvemos sobre nuestras ruedas y retomamos el camino original, que en unos metros, nos deja junto a la ermita de San Miguel  y un poco más a la derecha, sobre una roca, le ermita de la Virgen de Marcuello y el castillo del mismo nombre. El emplazamiento es magnífico, superando a Loarre por su campo de visión. La ruta del río Gállego, que a sus pies se ensancha dejando atrás las montañas y los célebres Mallos de Riglos, quedaba perfectamente dominada desde su elevadísimo espolón.

En esta ocasión no nos acercamos al castillo y seguimos ruta descendiendo hasta que el camino se divide en dos: por la derecha desciende a Sarsamarcuello y por la izquierda lleva al castillo de Loarre.

Seguimos esta última opción, con Michel tratando infructuosamente de mantener un ritmo suave, que toma dirección este, introduciéndonos en el pinar que queda después del incendio y manteniendo la cota de los mil metros, aunque el camino no es en absoluto llano, sino que rodea barrancos –Layan y Palangás- a los que desciende para luego salir de ellos. 

A nuestra derecha se extiende toda la llanura de La Sotonera con numerosos pueblecitos esparcidos sobre ella y entre los que destaca Loarre con la torre de la Iglesia parroquial de San Esteban del siglo XVI y a la izquierda la sierra de Loarre con la Peña el Sol como vigía. Tras sortear el barranco Calderillas aparece la silueta del castillo de Loarre enmarcado por el bosque de carrascas poco antes de llegar a la carreterita de acceso a él.

El castillo de Loarre fue construido en el siglo XI y desde su posición se tiene un control sobre toda la llanura de la Hoya de Huesca y en particular sobre Bolea, principal plaza musulmana de la zona y que controlaba las ricas tierras agrícolas de la llanura. Está considerado como la fortaleza románica mejor conservada de Europa. Para conocer toda su historia y construcción merece mucho la pena leer el libro “El Castillo” de Luis Zueco, donde lo cuenta en forma novelada.

La visita al castillo está hoy fuera de nuestra ruta, pero nos acompaña vigilante durante todo el recorrido por el camino que lleva a la ermita de San Juan. Pedalear por él no resulta en absoluto cómodo, por lo menos hoy, ya que cada cuesta se traduce en un dolor de piernas. En este tramo nos encontramos unos jinetes ataviados con vestidos medievales y Antonio nos comenta que hoy se celebra una fiesta medieval en el castillo.

Hoy hace bastante calor y todo nuestro recorrido es por la cara sur de la sierra; necesitamos abastecernos de agua y lo hacemos en la fuente de Petrolanga que, de no ser por un cartel de madera que la indica, pasaría desapercibida entre los arbustos. El agua sale fresquísima y aprovechamos para llenar nuestros bidones y camelbacks.

Comienza un rápido descenso, de poco más de dos kilómetros, por terreno muy suelto, pero divertido, que nos deja a los pies de Aniés. Cruzamos el pueblo y continuamos en dirección a Bolea por un camino archiconocido por nosotros y que coincide con el Camino de Santiago y el Camino Natural de la Hoya de Huesca.

En Bolea nos esperan César y Tere en las puertas de Casa Rufino, lugar donde han reservado mesa para comer y sitio habitual de almuerzo en nuestras salidas semanales.

Esto se acaba y que mejor manera de celebrarlo todos que una suculenta comida con su correspondiente tertulia. Estiramos la parada todo lo que podemos pues conocemos de memoria el resto de camino y sabemos que lo podemos hacer en poco tiempo. Así pasan dos horas y media sin darnos cuenta.

Salimos del pueblo por el barrio de Tolato para descender hasta otro camino que atravesando zonas de cereal nos deja en el castillo de Anzano. El ritmo es muy rápido ya que el desnivel corre a nuestro favor. Solo la corta subida que hay tras este castillo y el calor que aprieta muy fuerte, enlentecen la marcha.

El camino empeora un poco, pero sigue siendo favorable, así que enseguida llegamos al castillo de Castejón. Solo nos queda un último esfuerzo para ascender por una mala pista hasta el carrascal del mismo nombre.

Entramos en él y el sendero por el que vamos serpentea durante dos kilómetros entre las carrascas obligándonos a pedalear en fila de a uno para evitar caídas de última hora. Este desemboca en un estrecho camino donde nos detenemos para reagruparnos y donde decidimos cambiar la ruta inicial por otra que me permita descargar las maletas en mi casa y evitar tener que ir a buscarlas después a Huesca.

Tomamos un atajo que nos lleva hasta Banastas para entrar en la carretera de este pueblo a Yéqueda. Cesar me espera en la puerta de mi casa y dejamos los bártulos. Desde la urbanización de este pueblo seguimos por un camino que nos lleva hasta una estación de servicio tras la que parte un sendero por la fuente de Marcelo. Este circula junto al río Isuela y existen dos posibilidades de hacerlo, así que medio grupo va por un lado y otro medio por el otro. ¡Ha tenido que ser a las puertas de casa el único momento de disensión!

Al final ambos tramos se unen y entramos en Huesca. Con la sensación de  tristeza de algo que acaba, como todos los años, damos por terminada la ruta en el camping San Jorge donde nos reciben amigos y familiares. Solo queda celebrarlo en un bar cercano con una cerveza y un rato de charla.

La etapa de hoy han sido 71 km con 1394 m de desnivel acumulado y algo menos de 5 h de pedaleo.

Cuando acaba una ruta se entremezclan los sentimientos; por un lado la pena por algo que acaba y que me gustaría que durase más y por otro, las ganas de volver con la familia. Este año además, ha sido una aventura extraña, al menos para mí; he echado mucho de menos a los compañeros que al final no pudieron venir y aún recuerdo la sensación de que faltaba alguien cuando parábamos a reagrupar, y todo esto, dentro de un contexto extraño debido a la meteorología de  algunos días nublados y grises, casi otoñales.

Al final la ruta terminado con 550 km de recorrido, casi 10.000 m de desnivel acumulado y cerca de 40 h de pedaleo real.

 

 

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