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Inmensas llanuras del somontano barbastrense
Pertusa, punto clave de la vía romana para cruzar el río Alcanadre por su puente
Caminos ampliamente conocidos por nosotros. Ya llegamos a casa

Hoya de Huesca con la sierra de Guara y Gratal al fondo


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Camino del Mar
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Monzón - Huesca (2/2)

Después de recargar de agua los camelback y de comer unas barritas, retomamos la marcha. Son caminos absolutamente llanos y familiares para nosotros. Es como haber llegado ya a casa. Durante el camino, totalmente rectilíneo y rodeados de amplias zonas de cereal cosechado, nos vamos cruzando con varias cabañeras empleadas para la trashumancia entre los valles del pirineo y las tierras bajas. Sin más problemas que algún que otro dolor de posaderas, llegamos a Pertusa.

Rodeamos este pueblo de origen romano, antaño punto vital por su localización y por tener el único puente para atravesar el río Alcanadre. No en vano quedan restos de al menos cuatro puentes. Además quedan restos patentes del antiguo trazado de la Ilerda – Osca, aunque otros se han perdido debido a las nuevas obras agrícolas.

Cruzamos el río y por asfalto seguimos en dirección a Antillón. A nuestra derecha podemos admirar el impresionante acueducto del Canal del Cinca, imprescindible para traer el agua a estas secas tierras y a los Monegros.

Ascendemos sin ninguna prisa por la carretera hasta llegar a un camino que sale a nuestra izquierda. Lo tomamos en ligero ascenso y en poco tiempo retomamos el antiguo trazado de la vía, absolutamente rectilíneo, salvo para vencer alguna pequeña dificultad orográfica.

Hace mucho calor, no corre ni una pizca de aire, y los campos cosechados o que lo están siendo, lo despiden con más fuerza. Tere empieza a sufrir más y tiene una pequeña “pájara”. Nos refugiamos bajo la sombra de las carrascas para recuperarla. Mientras esperamos y como son poco menos de la una del mediodía, decidimos cambiar el itinerario “oficial”. En vez de ir directamente a casa y llegar muy pronto, nos detendremos a comer en Novales donde unos amigos regentan un restaurante, lugar habitual de nuestros almuerzos, y de paso saludarles. Durante la parada, Pedro nos demuestra cómo se baja de la bici un bilbaíno, de costado y dándose un enorme revolcón envuelto en polvo. Chulo que es uno.

Después de una larga espera, continuamos llaneando hasta desviarnos del camino previsto. En un lugar con varios cruces de caminos y en el que hay una señal que indica vía romana, nos desviamos a la izquierda para descender lo más rápido posible hasta Novales. Saludamos a nuestros conocidos y nos tomamos unas cervezas mientras esperamos a que se desalojen algunas mesas. Hay mucho movimiento debido a las labores del campo propias de estas fechas. Aprovechamos para hablar con algunos paisanos que nos comentan la gran cantidad de grano que están sacando y que además es de muy buena calidad. Buena ha de ser para que un agricultor reconozca una buena cosecha.

Michel le prepara a Tere una mecedora de la sala, y a pesar de saberse apuntada por nuestras cámaras, se echa algún que otro sueñecito. A los demás tampoco nos importaría.

Por fin pasamos al comedor. Buena comida como de costumbre. La cocinera es excelente y los platos son siempre caseros. La comida se alarga más de dos horas, sabedores de que estamos muy cerca de casa. A ver quien tiene el valor de salir a la calle donde el sol y el calor aprietan de firme. Al final, y sin muchas ganas, volvemos a nuestras monturas.

Decidimos llevar un pedaleo suave, a “trote cochinero” como solemos decir aquí. Lo cumplimos a rajatabla y el camino se hace menos cansado e incluso relajado. Hemos elegido volver por el saso de Monflorite, en vez de por el llano, porque en él siempre corre algo de aire. Antes de lo esperado llegamos al desierto aeropuerto de Huesca y descendemos hasta Monflorite.

Foto de llegada

Poco queda para llegar a Huesca y el único que parece disfrutar del paisaje es Pedro. Cruzamos el río Flumen y poco más tarde el río Isuela. Entramos en Huesca junto a la ermita de Salas para detenernos en el Palacio de Congresos donde nos hacemos la foto final de grupo. Nos faltan Antonio y César. Les llamamos y quedamos para tomar una cerveza en el bar Roldán regentado por “Chu-lin”, un amigo de origen chino. Es nuestro bar de referencia y donde nuestro amigo controla todas nuestras salidas. Además queremos darle en mano una postal del mar que no ha habido ocasión de mandar por correo desde Amposta. El no está, así que se lo damos a “Rosa” –nombre con que la hemos bautizado-. ¿También es para mí?, pregunta riéndose. Hasta allí se acercan, Antonio con su cabestrillo, Carmen, y Yoli. Nos felicitamos porque casi todo haya salido bien y ya empezamos a exagerar nuestra aventura. Como queremos que el día sea completo y que esto no acabe, Carmen ha reservado cena en el restaurante Flor, como si fuera un día más de ruta.

Solo queda la tediosa recogida y transporte de las maletas y bicis. Las cargamos en el coche de Pedro y nos acercamos a mi casa. Hoy será mi invitado de nuevo.

Sobre las diez nos vamos a cenar. Comida de lujo para una aventura de lujo.

Y hasta aquí mi relato personal de lo que ha sido esta experiencia. Ahora queda lo más importante; preparar la próxima.

 

 

 

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