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Crucero en Fisterra
Cruz de Fisterra. Más allá, el mar
Mariscada conmemorativa del fin de ruta

Queimada


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Camino Sanabrés
Benavente - Fisterra

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Olveiroa - Fisterra (2/2)

Pedaleamos junto al mar y las playas hasta llegar, sin que hayamos salido de la avenida, a Concurbión. Salimos del pueblo ascendiendo por una buena carretera y salvar una pequeña montaña y llegamos a San Roque. Adelantamos a unos peregrinos y tomamos un camino asfaltado, muy tranquilo  y que alivia la tensión de la carretera, hasta llegar a Amarela donde descansamos un poco. Retomamos la carretera de antes y descendemos hasta la playa de Estorde, para volver a ascender y salvar otra montañita tras la que llegamos a Sardiñeiro Debaixo con su famosa playa.

Vuelta a subir otro puertecito para luego descender a Calcoba. Ya vemos frente a nosotros Fisterra y su faro cubierto por las nubes. Antes hemos de pasar por el núcleo de San Roque donde Michel pincha la rueda trasera. ¡Vaya mala suerte, pinchar una rueda de btt en asfalto! Afortunadamente lo hace a las puertas de un bar. Entro a pedir unos cafés con leche y mientras los preparan, arreglamos el pinchazo causado por un diminuto cristal clavado en la goma. Nos tomamos el café calentito, seguimos adelante y en escasos metros estamos en Fisterra.

Sin parar, para no enfriarnos, acometemos los tres kilómetros de subida que hay hasta el faro. Hoy me parecen muy fáciles, no como los recordaba.  Dejamos a la derecha la iglesia de Santa María das Areas para visitarlo a la vuelta. El día fresco hace que no suframos en demasía y juntos ascendemos mientras comentamos el paisaje. Pasamos junto al moderno y polémico cementerio de Fisterra, obra del arquitecto César Portela y que aún no ha sido usado por problemas administrativos. Michel nos cuenta que tuvo que hacer la maqueta, junto a su hija que estudia arquitectura, y que lo conoce al dedillo. Comienza el debate sobre su aspecto y solo le gusta a Tere y a Michel, a los demás nos parece un montón de cuadrados de hormigón, de los que se usan para hacer pasos inferiores en las carreteras, dejados al azar. Ni pizca de color con el que vimos ayer en El Busto. Ambos quedan para bajar a verlo de cerca al regreso.

Por fin llegamos a nuestro destino y nos esperan los otros tres expedicionarios. César inmortaliza el momento con unas fotos. Nos abrazamos felices de lo que hemos conseguido y nos acercamos al crucero, al que subimos con dificultad por culpa de nuestras zapatilla y la humedad, para hacernos unas fotos de grupo e individuales.

Hace bastante frío y el viento sopla con fuerza. Continuamos a pie hasta el mojón que indica el kilómetro 0.00 de la ruta y de nuevo fotos. Solo nos queda acercarnos a la cruz de Fisterra. El viento sopla con extrema fuerza y, como podemos, nos apelotonamos junto a ella y pedimos a un turista que nos haga una instantánea. Antonio, que no se quita la ropa ni por asomo, posa manteniéndose de pie a duras penas contra el viento, junto a la bota de bronce, monumento al peregrino.

Volvemos al faro, el más importante de la Costa da Morte y lo visitamos por dentro aunque la parte de la luminaria no la podemos visitar pues está cerrada al público. Llamamos a nuestras casas y el viento, a pesar de buscar protección, escasamente deja escuchar nuestras palabras. Compro unos regalos para casa en un puesto cercano y descendemos de nuevo hasta Fisterra. Tere y Michel se han adelantado para ver el cementerio y los demás que vamos en bici, nos detenemos a sellar en la iglesia de Santa María das Areas -alguien nos ha comentado en el faro que tiene que ser el último sello- y a visitarla por dentro. Pedro y Manolo sellan las credenciales, mientras contemplo con asombro, a un  cura que hace misa en alemán solo para él y  un adolescente que le acompaña. Fotografío la iglesia, a la imagen de la virgen que da nombre a la iglesia y a un Cristo renano que hay en un altar.

Por fin descendemos buscando el albergue donde sellar la Compostela, pero empieza a llover de nuevo y nos perdemos por sus calles en medio de un mercadillo callejero. Decidimos salir a la carretera y por el camino que ya conozco, llegamos al lugar donde está la furgoneta y el alojamiento.

Entramos todas las maletas y bultos en la pensión López y dejamos vacía la furgoneta para que Antonio y Chavi carguen las bicis y las acomoden para el viaje de mañana. Los demás, completamente empapados, subimos a las habitaciones y a darnos una ducha calentita y reconfortante que nos quite el frío. Cuando termino, vuelvo a la calle para intentar hablar con la familia en mejores condiciones que en el faro. En la puerta de la pensión me esperan los enanitos sobre la valla, que siguen allí, horrorosos, después de cinco años.

Mientras hablo con casa, me doy cuenta que hay menos gaviotas que en el anterior viaje, será porque está lloviendo, aún así, las hay a cientos. Algunas anidando en los tejados donde dan de comer a sus polluelos.

Cuando estamos listos, bajamos al albergue a sellar la Fisterra, diploma que acredita el haber llegado hasta aquí desde Santiago. Nos recibe la encargada, una chica joven a la que pillamos en medio de la comida. Sonriente, aparta sus platos y comienza a meter nuestros datos en el libro de registro. Pedro le pasa de una en una las credenciales y le vamos contestando a lo que nos pide mientras rellena la Fisterra de cada uno. Cuando le pide la edad a Tere, todos acercamos la oreja entre risas. La chica sonriendo nos dice que nos vayamos y Tere se la susurra al oído, pero no la apunta.

-Luego lo haré –dice maliciosa.

Cuando le voy a pedir que, por favor, selle la de Marcos, Tere me empieza a hacer caras raras y decido no acabar la frase, algo ha pasado sin que me entere. Luego me cuentan que en un momento de descuido, han sellado la credencial de Marcos  que le entregaremos a nuestro regreso.

Con todos los papeles terminados, vamos a buscar un lugar donde comer. Es algo tarde y no cabemos en todos los sitios. Al final entramos en Mesón O Galeón y comemos unas navajas,  langostinos y pescado. Luego rematamos con un café.

Dejamos los papeles en la pensión y nos vamos a pasear por las calles del pueblo. Michel nos comenta que el Museo de la Pesca está muy bien. Nos acercamos a visitarlo, mientras vemos a una mariscadora en la playa, recogiendo nuestra cena –me imagino-.

El museo está en el antiguo Castillo de San Carlos y fue construido para repeler los ataques enemigos. Una guía muy amable, explica detalladamente todos los datos de esta costa y la vida de los pescadores, con sus artes y sistemas de pesca. A merecido la pena.

Bajamos a una pequeña cala y recogemos unas piedras desgatadas por el mar como recuerdo y que me cuesta un pequeño remojón de pies. Además, tocamos el agua del Atlántico, otro de los rituales que hay que seguir al llegar hasta aquí.
 

Continuamos el paseo por el pueble visitando el monumento a los marineros muertos en esta costa y que es el ancla del Casón, barco que encallo en la zona y por lo peligroso de su carga, obligo a evacuar a miles de personas desde aquí hasta Santiago en el año 1987. Una visita al puerto y nos acercamos a comprar unos recuerdo para la familia y a reservar mesa en una marisquería. José Luis se va a dormir y los demás proseguimos nuestro periplo hasta encontrar un cajero.

Llegada la hora de comer nos acercamos a cenar al mismo local en el que hace cinco años acabamos con la mitad del marisco de la zona.  Nos acomodan y empieza la carrera. Percebes que salpican a distancia y acaban dejando a José Luis hecho un eccehomo, navajas de las buenas – longueirón-, almejas a la marinera, nécoras, centollo, etc. Todos hablamos sin parar, sin duda debido al ribeiro o al albariño que entra a mares, menos Antonio, que a la chita callando, acumula en su plato una impresionante pirámide de cáscaras. Durante la cena, aprovechamos para grabar un vídeo de saludo para Marcos. La cena ha sido espléndida, pero en menos cantidad que en la ocasión anterior. Será la crisis. A la salida, entramos en la cocina a felicitar a los cocineros.

Con las cabezas un poco nubladas, salimos en busca de un sitio en el que nos hagan una queimada. Nos mandan de un sitio para otro hasta que encontramos el lugar. Llegamos a punto para el conjuro, que es a las doce de la noche.

Desgraciadamente no recuerdo el nombre del local, y bien que lo siento. A la hora exacta, el dueño se viste con traje de ritual y con la luz apagada y música con voces de fondo, comienza el conjuro, un tanto especial y divertido, mientras el aguardiente arde quemando su alcohol. El local está a reventar y los que desconocen el rito, miran estupefactos y divertidos la ceremonia. El ofertante suda por el calor de las llamas y se desgañita recitando versos que intenta rimar en referencia a los presentes, mientras remueve el brebaje con un cazo de cerámica. Invita a que la gente agite el fuego y allí que saltan Tere, Michel y Manolo que le pone tanto empeño que hace que las llamas casi toquen el techo.

El brujo hace una cata del líquido y decide que ya está bueno, dando por finalizada la ceremonia de un soplido que extingue las llamas.

-Cuidado que entra fácil y pega fuerte – repite la camarera mientras sirve pequeños vasos.

Michel, Chavi y Pedro, dejan unas dedicatorias, que firmamos como podemos, en el libro de visitas del local.

Salimos a la calle, pues el calor es sofocante, y allí está Manolo metido en un carrito de supermercado, empujado por Antonio y recorriendo la calle de arriba a abajo. ¡Si que pega fuerte, sí!

Es muy tarde y debemos estar levantados a las seis de la madrugada, dentro de cinco horas. Nos vamos a dormir con las mentes un tanto nubladas e intentamos conciliar el sueño.

Hoy, escasamente hemos hecho 30 km y dos horas de pedaleo, pero el día ha sido muy intenso.


 

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